En recuerdo de Luis Jiménez, por Amable Fernández Sanz

Amable Fernández Sanz (Universidad Complutense)

Decía Luis que admiraba de Baltasar Gracián la brevedad y la concisión, aunque él reconocía que no era su mejor virtud. Resumir en dos páginas cuarenta años dedicados a la filosofía y la enseñanza no es para mí una aspiración sino una exigencia que hará imposible mi tarea de ofrecer una semblanza aproximada de su quehacer en las distintas facetas en que ocupó su vida. Me quedaré en el intento, en el consuelo de que, como decía Don Quijote, “en el intento está el valor” y, en realidad, la vida misma no es más que eso, un intento, un querer ser, o en términos de Luis, un esfuerzo por ser, o mejor, por saber hacer, porque en él primaba también la razón aplicada a la acción, la razón actuante. Su vida académica fue dura porque sufrió muchos reveses, pero nunca cejó en  el intento, en el esfuerzo, asido siempre a la “esperanza desesperada”. Desde 1963 en que ganó una cátedra de filosofía de Enseñanza Media en el Instituto de Andujar en Jaén, pasando después por diversos Institutos, hasta su llegada al Instituto “Isaac Albéniz” de Badalona en 1968, donde comienza a impartir también clases en la Universidad de Barcelona y donde finalmente obtiene una plaza de adjunto numerario en 1975. En 1977 se traslada a la Universidad Complutense, al Departamento de Historia de la Filosofía, primero como profesor adjunto y  a partir de 1983 (LRU) como profesor titular en el Departamento de Filosofía III. Finalmente en su último curso como profesor antes de su jubilación(1999) gana una plaza de Catedrático, pasando después a Profesor Emérito, y en su último año le acecha ya la enfermedad y a pesar de ello seguía viniendo a la Facultad. Fue durante años secretario de la revista del departamento, Vicedecano, y Director desde 1987 a 1995, dejando un “buen hacer” difícil de superar. Así mismo puso en marcha y dirigió un “Seminario de Filosofía Española” que se celebró anualmente entre 1990 y 1998 con una metodología interdisciplinar innovadora, con gran afluencia de público, cosa rara en los terrenos de la filosofía. Un seminario que marcó un paso hacia adelante en la andadura de la Asociación, cuyos 20 años conmemoramos hoy.

En los cuarenta años dedicados, misionalmente, como decía nuestro común amigo Antonio Jiménez, a la enseñanza, Luis fue llenando, más bien diríamos desbordando, todos y cada uno de los apartados en que se subdivide la actividad académica y profesoral dentro nuestras universidades. Las clases, la asistencia a congresos y reuniones científicas, las conferencias, la dirección de trabajos de investigación y tesis doctorales, las publicaciones o la dirección de colecciones como “Filósofos y textos” con más del centenar de libros publicados y que tanto éxito ha tenido y sigue teniendo entre alumnos y profesores. En éstas y otras actividades ha dejado una labor seria y profunda, honesta y rigurosa, de entrega a la vez ardiente y desinteresada, que son las características que podemos destacar en su personalidad y en sus obras.

En cuanto a las líneas preferentes en su Filosofía, Luis Jiménez, se ha orientado siempre hacia una lectura antropológica de la filosofía moderna y contemporánea, prestando también especial atención a pensadores españoles, pudiéndose destacar tres espacios principales de reflexión y estudio:

  1. La orientación humanística práxica en el Pensamiento Español, comenzando desde el Barroco, preferentemente con Baltasar Gracián, una figura que Luis contribuye a rescatar como filósofo, y como él mismo destacó en algunas publicaciones, tanto apreciaron Schopenhauer y Nietzsche. Con esta misma orientación Luis se ocupó también de Unamuno, Ortega, D´Ors y Zubiri.
  2. Otra línea, cultivada más intensamente si cabe, lo constituye el pensamiento antropológico-axiológico de Nietszche, desde que en tiempos que no eran nada propicios, 1962, realizó su tesis doctoral sobre este pensador. A él ha dirigido muchos estudios y traducciones, la última “El gay saber” en la Colección de Espasa-Calpe.
  3. Finalmente hay que destacar también la preocupación antropológica por la igualdad, la libertad y la dignidad de los hombres, referida con preferencia a los filósofos de la Ilustración, principalmente a Rousseau y Kant.

Podría ahora abordar el tema de sus obras y sus numerosos artículos, pero prefiero, dado el escaso tiempo de que disponemos, desgranar algunas ideas que jalonan su pensamiento. Para Luis la filosofía tiene sentido si  nos ayuda a mejorar la vida, es decir, si nos posibilita el discernir y valorar acertadamente entre todo lo que se nos presenta. Además la filosofía nos debe proporcionar una visión de globalidad y una interrelación entre los distintos conocimientos  que nos ampare de lo que Ortega llamaba “la barbarie del especialismo”.  La filosofía, decía Luis, es vitalidad, inquietud, y exigencia continua. Es una tarea esforzada, que no comulga con acomodamientos, pero que a la postre nos aporta calidad de vida, ya que no sólo nos permite interpretar el mundo y “nuestro mundo”, sino que también nos guía para transformarlo.  Destacó la gran importancia de lo racional a pesar de sus límites, pero precisando también que estas mismas limitaciones de la razón para aprehender la complejidad de la realidad humana, nos instan, asimismo, a tener en cuenta lo pasional, lo instintivo y lo volitivo de la propia realidad humana; de ahí que las corrientes vitalistas y voluntaristas hayan tenido también su peso en la propia historia de la filosofía. Por esta razón, Luis, puso de relieve muchas veces que se hace imprescindible considerar la dimensión valorativa como algo fundamentalmente relevante para la realización plena de la vida humana. Se impone, por tanto, denunciar la alineación y decadencia; pero no sólo eso, sino también proponer nuevos modos de vida desde la máxima autenticidad personal. Esto le lleva a destacar la afirmación axiológica vital de la persona frente a la opresión técnica y económica. No se trata, afirmaba, de negar o frenar el avance de las ciencias, sino de que éstas no esclavicen al hombre. Además muchos de los saberes que tienen hoy tanto crédito como ciencias, dejan fuera de sí la compleja realidad de cada ser humano y su relación con los demás. La filosofía no puede asumir que el hombre sea reducido a mera estadística, a simple objeto de consumo, a un sistema, o al mismo progreso. Por ello, en las circunstancias actuales, repetía muchas veces Luis, corresponde a la filosofía una labor de denuncia y de reflexión crítica, pues los avances técnicos pueden ofrecernos comodidad y calidad de vida; pero, ésta no será verdaderamente tal si no va acompañada del respeto a la dignidad de la persona y a su entorno natural. Urge, pues, decía Luis, en su libro con más carga filosófica personal y que lleva por título Discernir y valorar”, reflexionar sobre el puesto del hombre en el cosmos y potenciar la dimensión valorativa del hombre. Y finalmente, a lo que realmente nos invita Luis con su filosofía, es a saber valorar, a saber discernir, y ésto es lo que puede mantener en vigilia la conciencia de los hombres, para no sucumbir al deterioro humano y de nuestro mundo. La propuesta es no someterse a las cosas  para ser libre.

Quiero concluir con un aforismo de Baltasar Gracián que a Luis particularmente le gustaba y que, Antonio, mi añorado amigo, al que también quiero recordar con ello, había escogido como cabecera de su artículo sobre la “Vida y escritos de Luis Jiménez” y que aparece en la Revista Anales del Seminario de Historia de la Filosofía.

Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos, aunque le tuvieron, no acertaron a lograrle. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas a su vez, hasta las eminencias son al uso. Pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno; y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracian: Oráculo manual, aforismo 20)

No quiero finalizar esta semblanza sin dejar atisbada una faceta, quizás para muchos desconocida, del pensamiento y la personalidad de Luis. Se trata de sus aforismos o, como gustaba de llamarle él, “chispas”,  para deleite de sus amigos. En ellos se percibe la agudeza y la fina ironía que anidaba en su pensamiento. Sirvan de muestra los siguientes:

  1. Personas iguales. Vidas diferentes.
  2. Es preciso reconocer básica y universalmente en cada persona, cómo trabaja y cómo respeta a los demás y no fiarse de las adscripciones que proclama.
  3. Lo económico, también puede ser humano, debe de ser humano y no debiera nunca abstraerse ni sobreponerse a lo humano.
  4. La intriga es el catalizador de todos los méritos, si no es ella misma un mérito.
  5. Podemos encontrar profesores que en vez de considerar y tener en cuenta a sus alumnos, se dedican a complacerse únicamente mirando el propio ombligo.
  6. Cuando una palabra filosófica o un nombre se hace comercial –v.g. con ocasión de un centenario o efemérides cualquiera- aparecen los especialistas como hormigas.
    Hormiga: multitutd, pequeñez, acaparamiento y aguijoneo-hormigueo; bicho pequeño, avaricioso y picante.
  7. El que no da nunca la cara, por lo general tendrá que dar el…….
  8. Tener que improvisar tarea cada día es una invitación a la pereza.
  9. Yo soy fiel, pero no incondicional.
  10. ¿Tu verdad? NO, la Verdad y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela.