Semblanza de Antonio Jiménez García, por José Luis Abellán  

ANTONIO JIMÉNEZ GARCÍA

(1950-2008)

¡Quien me iba a decir que aquel alumno tímido, de mirada intensa  y de recia complexión, que apareció un buen día en mis clases de la Complutense, iba a ser mi alumno más fiel y mi seguidor más apasionado! ¡ Y quien me iba a decir que un mal día de julio su carrera profesional quedaría repentinamente truncada con apenas 58 años de vida!. Antonio Jiménez es un ejemplo palmario de lo indescifrable del  destino y de la presencia inescrutable del azar  en nuestras vidas!

Había nacido en Navalmoral de la Mata (Cáceres), muy cerca de la Fundación Antonio Concha, donde se aficionó a las lecturas de nuestros krausistas y nuestros institucionistas más conocidos. Esa incipiente llama por los filósofos españoles más eminentes del siglo XIX es la que pude yo alimentar en mis clases de “Historia de la Filosofía Española”, convirtiéndola en amor apasionado. Ahí se fraguó la vocación que le habría de llevar con el tiempo a ser profesor titular de dicha asignatura y más tarde  Director del Departamento de Filosofía III: “Hermenéutica y Filosofía de la Historia”, y desde cuya posición pudo garantizar la continuidad de la Historia de la Filosofía Española” en los futuros planes de estudio; no asi de la cátedra que quedó  amortizada tras mi jubilación.

Antonio Jiménez es un profesional de primer orden, al que caracterizó un riguroso trabajo de investigación, que sobresale en lo que fue su tesis doctoral sobre Urbano González Serrano y la evolución de la filosofía krausista en la segunda mitad del siglo XIX (1985). A este trabajo hay que añadir un delicioso libro de divulgación: El krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (1986) y sus numerosos trabajos publicados en  revistas de su especialidad. En el momento de morir era también Vicepresidente de la Asociación de Hispanismo Filosófico, dentro de la cual era un puntal sobresaliente por su entusiasmo y su capacidad de trabajo.

Un aspecto poco conocido de su personalidad era su veta de bibliófilo empedernido; buscaba  denodadamente ediciones difíciles y gozaba hasta lo indecible con la posesión de un ejemplar raro y valioso, hasta el punto de rebasar los límites razonables para albergarlos en su casa, con los consiguientes roces con su cónyuge. Teresa fue también parte sustantiva de su biografía intelectual pues Antonio era un hombre de una pieza que supo integrar en unidad todas las dimensiones de su vida. Y asi la esposa aragonesa consiguió que se interesase  por su tierra y recuperase  un viejo vínculo filosófico con el P. Mindán, uno de sus maestros también con el que  mantuvo una relación asidua desde  los antiguos tiempos de sus estudios de bachillerato en el Instituto Ramiro de Maeztu (Madrid). Los viajes a Calanda, los congresos y seminarios allí celebrados, constituyeron un lazo de amistad y devoción que no se  interrumpieron nunca, pues continuaron incluso después de la muerte de  mi viejo maestro (murió con 104 años de vida). El destino le llevó también al discípulo a morir en tierra aragonesa, como si hubiera un vínculo que  uniera a los hombres por encima del azar.

Esa fidelidad a sus  maestros nos habla de valores que están más allá del orden intelectual. Su sinceridad, su laboriosidad, su responsabilidad, su amor a los libros, su pasión por el saber,  se mantuvieron incólumes a lo largo de los años, y a mi me regaló con una sorpresa que nunca olvidaré. Después de mi jubilación, empezó a interesarse por la filosofía  latinoamericana y los exiliados españoles en aquellas tierras -una vieja debilidad  mia-, dejándonos estudios sobre las traducciones filosóficas de aquellos, que constituyen una aportación de primer orden. Antonio se nos ha ido pronto, demasiado pronto, como  si quisiera hacer una llamada a sus  seguidores  para que no interrumpan el camino que él emprendió. A los que fuimos sus maestros, a los que han sido sus discípulos, nos está pidiendo  a voces que sigamos acompañándole. Asi sea.